La amenaza de tu versión low cost

2 junio, 2015 Blog

Qué ganas tenía de poder compartir con vosotros otra de las interesantes reflexiones de la gran e ingeniosa Pepa! Así que una vez pasada la semana de feria, aquí volvemos de nuevo! ¿ Valoras tu trabajo? ¿ eres consciente de que tu talento tiene un valor y como tal tienes que cobrar por ello? Yo hace tiempo que aprendí esa lección por eso me encanta que Pepa hable sobre su experiencia en este post. ¡Os dejo con ella!

Seguro que hace unos años pensasteis que a la edad que tenéis vuestra realidad sería otra. Centrémonos en la realización profesional: llega un momento en que ni siquiera se trata de hacer lo que te gusta. Ese debate interno queda en un segundo plano cuando ni siquiera, haciendo lo que sea, te sientes compensado. Obviamente, en el bolsillo, que es el que condiciona que esa vida que ideaste tampoco se cumpla en otros planos, en los social, en lo sentimental, en la evolución vital… Sí, sin trabajo no ha dinero, sin las dos cosas no hay cervecita afterwork y poco a poco se llega a desencadenar una desconexión con amigos o los que podrían llegar a serlo.

¿Tremendista? Un poco. Pero es la resulta de algún que otro lustro luchando contra el destino. Y no el que se supone que un ser superior invisible ha escrito para cada uno, sino el que otros humanos te han diseñado como quien no quiere la cosa, desde butacones (en el gobierno o tras cualquier puerta con un membrete donde pone ‘jefe’).

En el momento en que las puertas se te van cerrando y es así para el de al lado y el de al lado del de al lado, decides moverte entre las sombras de tus fantasmas, buscando el oxígeno que te haga sentir útil pese a todo. Y no tiras la toalla. Te dices que seguirás luchando por trabajar para lo que te formaste, pese a la crisis, pese a los despidos, concursos de acreedores y sueldos por cobrar. Te convences de que si aguantas, tragas, persistes, tendrás una recompensa porque, está claro, “todo pasa”, “siempre se abre una ventana” y “el que vale al final sale a flote”. Pero pronto -cada noche, de hecho- te das cuenta de que todo depende de tu predisposición.

Y un buen día decides bajar el listón. “Venga, no tengo oportunidad que perder”, “si no lo cojo yo, lo hará otro”, “seguro que esto pasa rápido y, por lo menos, habré hecho camino”. Y es cuando comienzas a fabricar tu versión low cost. Empiezas a pedir menos y a ofrecer más, a demostrar con ahínco que mereces ese poco con el que te conformas ya. No porque te parezca justo, sino porque en las vacas flacas uno saca su ¿mejor? yo. Y no te das cuenta si quiera de lo que haces y de la trascendencia que está a punto de tener en ti.

Quizá costó un poco, pero te acabas dando cuenta de que siempre hay mediocres que siguen llevándoselo crudo y que te has convertido en un pringado que no para de trabajar incluso parando de cobrar. Tu versión low cost te ayudó por un instante a creer que llegaban las oportunidades de nuevo. Pero acabaste por acumular pequeños clientes con grandes caras y muy duras. Y también por convertirte en el mayor de los insensatos, sin ego y con miles de críticas y quejas dirigidas a un puñado de personajes que, por mucho que no dejen de serlo, en realidad no tienen la culpa de que te encuentres como te encuentras. Lo son porque se aprovechan. Pero no lo son porque en un momento dado te olvidaste de que eras tú el que debías de dejar de poner las cosas fáciles.

Te cuesta tiempo, dinero, autoestima, llantos, discusiones y alguna que otra relación, seguro. Pero al final, la verdadera amenaza de convertirte en tu versión low cost eres tú y tu consentimiento mudo.

Llevo años acumulando clientes que no comprendían la importancia de comunicar su mensaje, de construir y proyectar su imagen y que, por tanto, no sabían valorar económicamente mi labor. Educar y convencer de la necesidad de un profesional es muy complicado, así que por no parar de crecer como profesional acabé aceptando trabajos para personas desconsideradas y deshonestas. Su falta era la prepotencia de creer que lo saben todo. La mía, entrar en su juego por miedo a no trabajar de nuevo y desaprovecharme, permitiendo que otros lo hicieran por mí. Así era fácil que muchos creyeran que mi labor no costara esfuerzo y no mereciera un dinero a cambio. ¡Total, tan rebajado estaba que por un poco menos llegábamos a cero! Y ¿quién iba a reclamarlo? De este modo, llegué a la situación compartida por muchos, la de acumular morosos a mi paso sin fuerza ni medios para reclamar lo que es -y siempre será- mío. “¿Meterte en pleitos por unos cuantos euros? Inténtalo, inténtalo. Te sacaré lo que no tienes”, tuve que oírme. Y así, suma y sigue.

Y al final, la mejor decisión es decir basta. No a ellos, solo a mí. Desistí de buscar, de aceptar y de trabajar por trabajar. Lo dejé todo, especialmente a la periodista en oferta y me zambullí en un proyecto sin expectativas, sin sueldo, sin garantías. Y lo encontré absolutamente todo, motivación, personas talentosas, valentía y a mí misma, la cabeza creativa que tiene cabida en algún lado. La nada me puso cara a cara con mis aptitudes reales. Entre ellas no estaba la autodestrucción y hasta entonces, creedme, no lo sabía.

Fmdo: Pepa 

Si te conformas con el primer cliente que te llegue y no quiera pagar lo que vales ese es problema tuyo. Para conseguir a tu cliente ideal, ese que valore tanto lo que haces que no tenga pegas en pagarte lo que vales, hace falta tiempo, que rechaces a los clientes fantasma y que eduques a tus potenciales clientes. Cuesta mucho lo se, pero si no lo haces te convertiras como dice Pepa en tu versión low cost o free cost!

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Bx