Me llamo Blanca porque mis padres quisieron que fuera la tercera generación de ese nombre. Que continuara con la tradición.


Cuando era pequeña, quería ser pastelera. Engañaba a mi madre pidiéndole dinero para “algo” que luego siempre resultaban ser golosinas. Para mí no había nada mejor que pasar la mayor parte del tiempo rodeada de dulces y poder picotearlos. Se me quitaron las ganas, cuando comprobé que las personas que me atendían tras el mostrador no eran los que hacían aquellos pasteles.

Tenía una gran colección de muñecas Barbie. Yo misma les hacía los vestidos con trapos de cocina o retales de tela. Creo que ahí comencé a desarrollar mi creatividad y mi afición por la moda.

Cuando tenía entre 5 y 7 años y estaba en el colegio, al lado de mi aula se impartían clases de danza. Había un rinconcito desde el que se podía ver lo que hacían allí. Me quedaba embobada mirando. Más tarde, con 10 años me apunté a unas clases intensivas de verano para bailarinas, así empecé, fuerte desde el principio. Me enamoré de la danza. No dejé de bailar hasta los 21, cuando mi cuerpo decidió pararse.

Siempre saqué buenas notas, me siento muy orgullosa de terminar bachillerato con matrícula de Honor.  De mi carrera de Publicidad y Relaciones Públicas, lo que más me enorgullece es haber sabido cuando dejarla. Me di cuenta de que quería ser diferente al resto de la sociedad. Quería demostrar que no hace falta tener un título para tener éxito o ser alguien en la vida.  Éste puede ser uno de mis lemas.

Llevo en mi ADN la creatividad y la motivación a las personas. Creo firmemente que valgo para ello. Por mis venas corre constantemente la música. Aunque no suene, yo la escucho. 
¡Mi mente nunca ha dejado de bailar!

Uno de mis mayores defectos es a su vez  una de mis mayores virtudes: el perfeccionismo.
Soy muy exigente con lo que hago. Creo que no hay nada mejor que un trabajo bien hecho.

Me encanta lo vintage, pero también lo minimalista.

Mi máximo referente es Sue Bryce. Es una fotógrafa australiana que descubrí hace 4 años y que me marcó. Ella predica que las oportunidades no llaman a tu puerta, sino que hay que salir a buscarlas, que hay que emprender. Sigo todas las clases que imparte en directo y comparto su filosofía de trabajo al cien por cien.

Tengo cuatro perros que son mi vida. Clon, Neska, Bruno y Lola. Ellos alegran mis días grises. 

Siempre he sido una lectora empedernida, aunque mis brazos ya no me lo permiten. Para formarme e inspirarme utilizo frecuentemente revistas de moda. Verdaderamente con lo que más me formo y aprendo es a través de conferencias, clases online, webinars, podcasts...

Nunca podría decidirme por una canción favorita. Soy una melómana con todas las letras. Lloro de emoción al escuchar una buena banda sonora. La música me mueve el alma.

Paso el 80% de mi tiempo tumbada porque mi cuerpo no quiere moverse aunque yo se lo ordene. El dolor no me abandona nunca. Pese a esto, mi cabeza nunca deja de crear, esta situación que vivo está sacando lo mejor de mí.
No os podéis imaginar lo que valoro los respiros que a veces me da mi cuerpo, el poder usar los brazos, ¡poder usar el móvil!.

Me gustaría inventar la pastilla todopoderosa que quitara el dolor o la que contagiara la empatía universal.

Podría decirse de mí que soy muy pasional. Trato de vivir apasionadamente todas las facetas de mi vida.

Redactado por Ana Peña de @malditonarciso